¿Jugamos otra? Que le da rejugabilidad a un juego

¿Jugamos otra? Que le da rejugabilidad a un juego

Jugar de dos: cuando menos es más Leiendo ¿Jugamos otra? Que le da rejugabilidad a un juego 6 minutos

Hay juegos que terminamos y guardamos en la caja. Y hay otros que, apenas termina la partida, provocan una pregunta casi automática:

“¿Jugamos otra?”

A veces ni siquiera sabemos explicar exactamente por qué. La partida pudo haber durado 15 minutos o 2 horas. Quizá ganamos, quizá perdimos. Pero algo nos dejó con la sensación de que todavía queda algo por descubrir.

Esa sensación es una de las cosas que más disfrutamos de los juegos de mesa: la posibilidad de volver a la misma caja una y otra vez y encontrar algo nuevo en ella.

Pero ¿qué hace que un juego tenga esa capacidad?

No siempre necesitamos una partida completamente diferente

Cuando hablamos de rejugabilidad, es fácil pensar que un juego necesita tener cientos de combinaciones, mapas diferentes o una cantidad enorme de contenido para que valga la pena jugarlo muchas veces.

No necesariamente. A veces lo que cambia no es el juego, sino nosotros.

Take Time es un buen ejemplo. El juego tiene 40 niveles diferentes, pero incluso después de conocerlos, volver a jugarlos puede sentirse distinto dependiendo de las personas que estén sentadas en la mesa. Al tratarse de una experiencia cooperativa, nuestras decisiones, nuestra comunicación y la manera en que interpretamos las situaciones pueden cambiar de una partida a otra.

El tablero no necesita reinventarse para que la experiencia sea diferente. Nosotros lo hacemos.

Hay juegos que simplemente tienen mucho por descubrir

En otros casos, la rejugabilidad viene de la cantidad de posibilidades que ofrece el propio diseño.

Root es uno de los ejemplos más evidentes. El juego cuenta con dos mapas y cuatro facciones en su versión base, y cada una tiene objetivos, reglas y formas de jugar completamente diferentes. Una partida en la que controlamos a los Marqueses de Gato no se parece demasiado a otra en la que jugamos como la Alianza, y enfrentarnos a un grupo diferente puede cambiar todavía más la experiencia.

Eso significa que incluso después de varias partidas todavía hay combinaciones de jugadores, facciones y estrategias que no hemos probado.

Y eso es sin contar las expansiones.

En un juego así, volver a jugar no significa repetir la misma experiencia. Significa explorar una parte diferente de un sistema mucho más grande.

A veces necesitamos varias partidas para entender el juego

Hay otro tipo de rejugabilidad que me parece especialmente interesante: la que aparece cuando un juego es tan profundo que una sola partida apenas sirve como introducción.

Weather Machine, de Vital Lacerda, entra perfectamente en esta categoría.

Es un juego complejo, con muchos sistemas conectados entre sí y una cantidad considerable de decisiones. La primera partida puede estar dedicada, en buena medida, a entender cómo funciona todo. La segunda ya nos permite reconocer algunas relaciones que no habíamos visto. Después empezamos a descubrir mejores formas de utilizar nuestros recursos, anticipar las consecuencias de nuestras decisiones y aprovechar las oportunidades que ofrece el sistema.

En este tipo de juegos, aprender también es parte de la experiencia.

No estamos repitiendo una partida para volver a hacer lo mismo. Estamos regresando porque ahora sabemos un poco más que la última vez.

Y luego están los pequeños cambios que transforman una partida

No todos los juegos necesitan tener cuatro facciones asimétricas ni decenas de niveles para conseguirlo.

En The White Castle, por ejemplo, las reglas son las mismas cada vez que jugamos, pero la disposición de las cartas y las acciones disponibles a través de los dados cambia de una partida a otra. Eso modifica las oportunidades que encontramos y nos obliga a adaptar nuestros planes.

El juego no cambia sus reglas. Cambia el problema que tenemos que resolver.

Y quizá esa sea una de las formas más interesantes de entender la rejugabilidad: un buen juego puede plantearnos una pregunta diferente cada vez, incluso cuando las reglas siguen siendo exactamente las mismas.

Cuando jugar muchas veces se convierte en un reto

Esta capacidad de volver a un juego una y otra vez ha llevado incluso a que algunas personas conviertan la rejugabilidad en un reto personal. Uno de los más conocidos es el 10x10: elegir diez juegos y proponerse jugar cada uno de ellos diez veces durante un periodo determinado.

A primera vista puede parecer simplemente una forma de llevar un registro de partidas, pero también plantea una pregunta interesante: ¿qué juegos de nuestra colección queremos jugar diez veces?

Probablemente no elegiríamos solamente los que tienen más contenido. Elegiríamos aquellos que nos generan curiosidad, que funcionan bien con nuestro grupo o que sentimos que todavía tienen algo que enseñarnos o nos falta entender como conseguir ese combo perfecto.

Y también puede ser una buena manera de descubrir qué juegos realmente forman parte de nuestra vida y cuáles simplemente ocupan espacio en la estantería. Porque comprar un juego y jugarlo una vez no nos dice demasiado sobre él. Jugarlo diez veces puede contarnos una historia completamente diferente.

El valor de un juego también cambia con cada partida

Hay una última razón por la que la rejugabilidad me parece tan importante. Un juego de mesa puede costar lo mismo que una buena cena. La diferencia es que la cena termina esa misma noche. El juego se queda.

Podemos jugarlo hoy, volver a sacarlo dentro de un mes y disfrutarlo otra vez dentro de un año. Podemos jugarlo con diferentes personas, descubrir nuevas estrategias, enseñar a alguien que nunca lo había probado o simplemente regresar a una experiencia que sabemos que nos gusta. Por eso, quizá el precio de un juego no debería medirse solamente por lo que pagamos al comprarlo, sino también por cuántas veces conseguimos llevarlo a la mesa.

Un juego de $1,500 puede parecer caro si solamente lo jugamos una vez. Pero si termina diez, veinte o treinta veces sobre nuestra mesa, la historia cambia. Cada partida hace que su costo real sea un poco menor.

Y tal vez esa sea una de las mejores cosas que puede ofrecernos una buena ludoteca: no acumular juegos que todavía queremos probar, sino tener experiencias a las que sabemos que siempre queremos volver.

Porque un buen juego no se termina cuando termina la partida. A veces, ahí es cuando empieza la siguiente.

Saludos,
Pablo de Búndaba

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